Entre el dibujo y el collage.

Cuando estudiaba la carrera de Bellas Artes, sentía que era mala en dibujo. Amaba las líneas porque para mí eran palabras, palabras que trazaban un recorrido en el tiempo, pero que en mis dedos se paralizaban, se frenaban, se volvían de mentira, no tenían voz propia. Eran palillos que levantaban una endeble estructura que se asemejaba a una figura, a un objeto, al modelo que se nos imponía como ideal. Creo que siguiendo ese camino nunca hubiese llegado a conformar un dibujo.


Persiguiendo líneas he descubierto que el primer dibujo se halla en los pasos, en el desplazamiento. Nos movemos para descubrir el cuerpo que nos acompaña, la estructura-móvil que se transforma, crece, muta.


La línea no define el contorno de un cuerpo, lo nombra después de observar como se mueve en un espacio y medir su elasticidad en el tiempo. El dibujo como lenguaje que rescata al cuerpo.

El collage, por su parte, permite el ensamblaje, es decir, el diálogo mantenido por varios elementos. Y dicho diálogo tiene que ver con la realidad más inmediata, con la forma de movernos, de interrelacionarnos, de sentirnos.

Siempre me ha parecido que el contenido discursivo de un collage, tanto en su proceso como en el que se puede apreciar en el resultado, conforma un organismo vivo, audaz, seductor.

Lo recompuesto tiene una doble vida: la que esconde y la que exhibe de nuevo.

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